Correr para mí fue una actividad cotidiana durante un buen tiempo. No solo era el ejercicio cada mañana, sino que era pensar y ver el paisaje urbano. Antier Diego y yo caminamos/corrimos un trayecto de poco más de kilómetro y medio. Para mí eso no es nada pues he caminado y corrido trayectos más largos, pero para un niño de 4 años es algo sorprendente: vaya que sí corre. No corrimos más por la amenaza de lluvia.
Me sorprende Diego: su energía, su vitalidad, su imaginación. Siempre tiene que estar haciendo algo. No sólo es importante para él estar jugando, es importante también para mí: ayuda mucho a mi estado de ánimo.
Tras subirnos al barco que lleva años deteriorándose, le dije que si nos íbamos por las "vías". Así le denominó a los senderos que hay en ciertos camellones. El corre en su vía y yo en la mía. Siempre compitiendo a ver quién gana y llega más rápido a la meta, haciendo paradas y corriendo una y otra vez. El que gane Diego es importante para él. Le da mucha seguridad para las cosas que hace, pero cuando pierde se da cuenta que no siempre ganas. Por cierto: éramos trenes.
A propósito de ir viendo los árboles y el pasto que han crecido en esos camellones que en muchas ocasiones recorrí solo, fuimos haciendo escalas. Le decía: mira ese árbol o ese maguey, o esa planta, ese pasto para que fuera apreciando más cosas. Pero esta vez Diego estaba más enfocado a que él, como tren que era, ganara. Decía: “sí, que bonito” y pegaba la carrera. Me ganó finalmente.
Para él no serán los árboles sino el juego, pero también creo que el estar juntos divirtiéndonos. No es alguien que esté haciendo cosas solo, siempre involucra a alguien, ya sean personajes ficticios o personas: niños, adultos. Hoy es un superhéroe, mañana un conductor de autobús o vendedor de nieve, pero siempre sus juegos involucran a personas.
Nos divertimos y lo repetiremos: ya ando preparando rutas para ir a correr. No es sólo ir a correr lo que nos emociona, o al menos eso creo: es hacerlo juntos.