¿Me das para mi calaverita?

Nunca tuve la costumbre de pedir “para mi calaverita”. Pocos de mis amigos o conocidos lo hicieron. Particularmente recuerdo a un vecino que usaba muletas que cada año iba a pedir “para su calaverita” con una caja de cartón que recortaba para que se vieran ojos, boca y nariz como si fuera un cráneo. Le metía una vela y se iba a la calle regresando siempre con dinero.

No había notado hasta qué punto las tradiciones van modificándose. Hoy en día es común ver a los niños como ir a pedir dulces ataviados de disfraces y con calabazas de plástico. Ya no hay espacio donde en estos días no te encuentres a grupitos de niños (hermanos, primos o amigos) que te rodean para pedir “para su calaverita”. Como en otros años no se da dinero sino dulces.

Este año es el primero en que Diego va a pedir dulces con mayor conciencia. El año pasado más bien lo llevaron algunos niños. Este año lo acompañé. Primero emocionado, luego con pena se negaba a ir. Finalmente salimos con su triciclo a dar una vuelta, tomamos su bolsa de calabaza y su máscara, la cual hicimos como parte de una tarea.

Primero decía que en estos días quería vestirse de “calaquita” pero sabiendo que no había para un disfraz ya no insistió. Eso sí, emocionado participó haciendo su máscara con papel, resistol, agua, pintura negra y un poco de diamantina y papel china.

Ya cuando salimos a dar la vuelta y viendo que en un puesto del mercado de la colonia estaba regalando dulces se puso su máscara, se colgó su bolsa de calabaza y le dieron dulces. Luego en otro puesto donde a veces vamos a comer le regalaron unas paletas. Ya animándose va y en otro puesto pide con su vocecita unos dulces. Lo vi con miedo, pena pero animado diciendo: “¿me das para mi calaverita?” a un muchacho que con algún fastidio le dijo que hasta las 8 de la noche.

Regresando con cierta tristeza y decepción me dice que le dijeron que más tarde y salimos del mercado. Nos formamos para que le dieran más dulces en otro puesto, pero no estaba aún animado. Ya rumbo a la casa le dije que fuéramos a Maravillas a que pidiera, que ahí había muchos puestos y además su tía le daría unos dulces. Más que nada por esto último se animó.

Pasamos por el local de una señora que corta el cabello y le pidió dulces con pena aun. La señora le dijo que ya no tenía y ya se iba a ir cuando su esposo lo llama y mete su mano a la bolsa de Diego. Le había dado 5 pesos. Seguimos caminando y en un molino estaban dando dulces y se animó a ir. Nuevamente su vocecita se escuchó para decir la misma frase: “¿me das para mi calaverita?” y al ver un par de paletas que aumentaba su recolección de dulces regresó corriendo animado y señalando a la tienda que estaba enfrente pidió ir ahí. Ya había perdido la pena. La tienda, una estética más y regresaba feliz. Otras dos tiendas, más dulces y más ánimo. Así partimos a Maravillas.

Ya la emoción lo acompañaba diciendo que estaba contento porque estaba ganando dulces. Ya el amontonarse de la gente, muchos niños haciendo lo mismo no lo animaron más, simplemente quería unos dulces más y veía que muchos niños hacían lo mismo. Él simplemente se centraba en su bolsa. Un globo, una moneda de diez pesos, otros dulces y paletas, una bolsa de chicharrones abultaron la pequeña bolsita y quería ir por más. Ya sin pena y con mucha emoción de ver que iba ganando dulces me abrazaba y me decía que estaba muy contento.

De por si llama mucho la atención por ser pequeño y tener mucha vitalidad. Ataviado con su máscara y su vocecita clara siempre fue sacando una sonrisa en la gente. Una sonrisa siempre abre puertas dicen, y a veces se obtiene más de un dulce.

Al final en la casa contó su botín: una bolsita llena de dulces y paletas. Brincos y sonrisas se anexaron pero no cabían en la bolsita. No estuvo nada mal. Al final el estar juntos compartiendo esta experiencia fue muy gratificante para ambos.

4 de noviembre de 2008